Yo no le llamaría destino
Muchas veces nos preguntamos de dónde vienen situaciones y personas en nuestras vidas.
Y no le llamaría destino porque sería dejar que alguien más desde fuera tuviera el control de lo que decimos, hacemos o pensamos...
Se trata de mirar fríamente al rededor y ser conscientes de que todo aquello que sucede lleva nuestra firma a cada paso, que somos nosotros los que elegimos las horas, lugares y personas con las que queremos estar.
Pareciera que no hay responsabilidad en salir a la calle a hacer lo que corresponda a nuestro trajín diario, sin embargo, desde el momento de abrir los ojos y elegir nuestra ropa o accesorios estamos marcando el paso de hacia donde iremos el día de hoy, y este en consecuencia, nos llevará a otro lugar mañana.
Decía la pobre y descorazona Julieta de William Shakespeare "cruel destino"; pero me niego a creer que sea así, no es cruel, ni despiadado, ni triste, es sólo lo que nosotros hemos puesto a nuestro paso. Habrá situaciones en las que todo parecerá estar fuera de control, y aún ahí estará nuestra capacidad de acción y elección para cambiar el rumbo de algo que a simple vista hasta pareciera inevitable.
Y aunque hayan miles de distracciones queriendo convenceros de que hay una fuerza superior tratando de guiar nuestro camino, hay que recordar que por mucho que el horóscopo diga que tu color es el rojo, si no te gusta no te lo pones y punto, y éso no va a traducirse en una catástrofe universal, así como tampoco pasará nada terrible si no te untas un huevo por el cuerpo, o bailas danzas africanas, o rezas o te pones un alfiler en la blusa o si cargas un costalito con infinidad de no sé qué adentro; nuestra principal responsabilidad es actuar con coherencia y no molestar o tratar de convencer a los demás que nuestro punto es el correcto.
Somos responsables de elegir y actuar en consecuencia sobre lo que creemos y debemos recordar que todo acto es sólo éso, consecuencia de otro acto previo, así pues, puedo entonces estar cierta de que a pesar de la religión, o creencia que se tenga y profese o de la que se carezca y reniegue: el infierno y el cielo están a la mano de cada quién para recordarnos que no se necesita morir y pasar a otro plano existencial para probarlos, sólo hace falta ver y sentir lo que estamos haciendo y a dónde hemos llegado por ello.
La libertad es la responsabilidad más grande, así que si eres y haz vivido libre sabes que no es culpa del jefe, ni del transporte público, ni del gobierno, ni del bache en el camino, ni de la lluvia que cae.
De nosotros depende estar atentos y ver, en otras personas que queremos de ellas y hasta donde queremos llegar con ellas, si no sonríes a lo desconocido tampoco te podrá devolver la sonrisa y quizás hasta con creces.
Estemos activos en nuestras vidas, disfrutando y siendo conscientes de cada momento, al fin, si lo que obtienes no te gusta ya sabes cómo no llegar a ese resultado.